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El margen de sorpresa

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Torrentes de agua han caído desde que, en 1977, John Kenneth Galbraith publicó un libro cuyo título era una definición de nuestros tiempos: ‘La era de la incertidumbre’. ¿Lo creemos o no?
Es innegable que la palabra ha pasado de moda, que pronunciarla y usarla hoy es como referirse a la rueda como el último avance tecnológico y que, además, el vocablo suelta un cierto tufillo desagradable… La palabra a la que me estoy refiriendo es “planificación”.
Cuesta un poco articularla con soltura, y, sobre todo, sufrimos sonrojo y complejo de vetustez verbal porque, en cuanto ha salido de nuestros labios –inopinadamente, sin advertencia– se nos vienen a la memoria los horrorosos “planes quinquenales” de los soviéticos, el terrible juego de prestidigitación con el que se anulaba todo atisbo de libertad de iniciativa por la omnipresente e ineficaz acción del Estado como empresario mandón.
¿Y qué decir de los famosos “planes de desarrollo” de la España de la década de 1960?… Si queremos ser históricamente veraces, sacaron a esta Vieja Piel de Toro de su precariedad económica, del poso de miseria que todavía persistía en muchos ámbitos y lugares; pero, claro, aquel esforzado intento por ponernos a la altura de las circunstancias de nuestro entorno en lo que a renta per cápita se refiere no vino acompañado, cogido del bracete de las libertades sociales y políticas. Y, por ello, el recuerdo de los “planes de desarrollo” es bastante agridulce.
Pero, en realidad, ¿qué empresa, negocio, o trabajo pueden llevarse a cabo con orden y concierto, con ciertas garantías de éxito sin la dichosa “planificación”? Es decir que la empresa, el negocio, el trabajo de cada cual puede quedar en agua de borrajas –cuando no en estrepitoso morrazo– si no lanzamos nuestros planes y nuestra mirada hacia el futuro.
Porque lo del “vivir al día” –que el doctor te suele recomendar cuando comprueba que “estás de los nervios”, está muy bien, es fenomenal para no romperte la cabeza, ni comerte el coco, ni meterte en laberintos de problemas imaginarios –ya saben: aquello de “¿y qué pasa si…?”; y, luego, jamás ocurre lo que nos ha quebrado la mollera–; sin embargo, no es nada prudente “vivir al día” –más: es rotundamente imprudente– cuando se trata de alcanzar unos objetivos empresariales o profesionales. Porque llegar a un fin determinado implica contar con una serie de medios, ponerlos por obra, emplearlos con acierto; y todo ello exige imperiosamente tiempo y previsión… Sí: planificación, mucha planificación, planificación exacta y de la buena.
Ahora bien: sin pasarse, sin obsesionarse, sin encabezonarse… Porque yo creo –y lo experimento cada día en mis propias carnes y planes – que el bueno del señor Galbraith tenía toda la razón: no sólo esta es “la era de la incertidumbre”; un rápido repaso a la historia del mundo –y a nuestra propia historia, la de cada cual– prueba, contundentemente, que la incertidumbre es la compañera más fiel de nuestra vida, como la sombra que llevamos pegada… Por eso tenemos que estar ciertos y seguros –y preparados para ello– de que cualquier planificación, cualquier plan, por perfecto que sea y por bien elaborado que esté, puede estrellarse contra la escollera de la sorpresa, contra el acantilado de que las cosas no salgan como las habíamos previsto (y deseado ardientemente, además).
De ahí que nuestro ánimo laboral y nuestro diseño empresarial deban contar siempre con “un margen de sorpresa”; o de sorpresas… No es fácil… Se lo digo yo que soy una verdadera obsesa del orden; que me salgo de mis casillas ante cualquier imprevisto, contratiempo, contrariedad, obstáculo, estorbo, fastidio, etcétera… Y, con todo y con eso, voy aprendiendo. A la fuerza ahorcan, como se dice: soy lo bastante mayorzota, he acumulado la experiencia suficiente para aprender –aunque lo olvide a veces– que, como me dijo en cierta ocasión el filósofo Julián Marías, “la vida es riego, hija mía… Y al hombre actual le cuesta mucho aceptarlo… Buena prueba de ello es lo boyante que va el negocio de los seguros: queremos blindarnos ante todo y contra todo… Y eso no es posible… Ni siquiera es humano”. Y, ¿qué podemos hacer frente al “margen de sorpresa”, de incertidumbre al que debemos enfrentarnos como empresa, como profesionales? Ante todo, no ponernos nerviosos, no irritarnos, no pensar que nos persigue el mal fario o que somos víctimas de una maldición… Serenidad, paciencia, capacidad de reacción para sortear el obstáculo, valor y fortaleza para rehacer los planes.
Ya sé que es una bobadita, una minucia; pero yo estoy comprobando que voy aprendiendo la lección del riesgo, que otorgo cada vez más margen a la sorpresa por un hecho simple: junto a mi agenda –que todavía es de las de antes, de las de papel– tengo un bote de tippex muy grande… Ya saben: ese líquido blanco que nos permite borrar nuestros perfectos planes para sustituirlos por otros quizá peores pero que son lo que son: la realidad misma.
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