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Cómo aterrizar de pie hablando en público

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El pasado domingo en los Premios de la Música Americana, la cantante Jennifer Lopez resbaló y se cayó de culo. Tres días antes yo también me había caído mientras trabajaba.

Había, sin embargo, varias diferencias entre los dos golpes. J-Lo había subido una escalera de bailarines casi desnudos, llevaba pantalones picantes y cantaba con fuerza. Yo, por el contrario, vestía ropas decentes y me estaba levantando tranquilamente para dar un discurso en una cena formal para inversores en renta variable japonesa. Tropecé con mi bolso y aterricé sobre el suelo con los brazos y piernas abiertos y la barbilla en la alfombra. El micrófono que llevaba se encargó de que aquellos que no vieron la caída, la escuchasen.

Como a la mayoría de la gente, hablar en público me da más miedo que las arañas o la idea de ser asaltada en un callejón oscuro. Lo que resulta aterrador es el riesgo de humillación, de caer metafóricamente de bruces. Nunca me había sucedido que tuviera que temerlo, también, literalmente. A diferencia de la mayor parte de las fobias, el miedo a hablar en público es totalmente racional. Los discursos suelen salir mal, incluso si consigues mantenerte erguida todo el tiempo. No sólo sucede en las charlas después de cenas, cuando la audiencia, o bien está borracha o quiere irse a casa o desearía que fueras más divertida. Incluso por el día, las audiencias están con frecuencia más ocupadas jugando en su BlackBerry, escribiendo correos electrónicos, durmiendo o hablando entre ellos.

Casi todos los hombres hablan mal en público, pero las mujeres lo hacen incluso peor, debido en parte a que las mujeres no pueden hacer bromas, pero también a que somos más conscientes de nuestras capacidades y sabemos que nuestro discurso es normalito y que la audiencia preferiría estar haciendo otra cosa –lo que ayuda poco a mejorar tu intervención–. Para combatir el miedo y la desesperanza innata, me esfuerzo por mejorar. Cada vez que llega a mi mesa un libro sobre hablar en público, lo leo en busca de consejos. Te dicen sobre todo que te “relajes” y que seas “tú misma” –lo que es una absoluta irresponsabilidad–. Esto sólo le funciona a uno entre un millón. Para el resto, ser bueno exige un nivel de nerviosismo y artificio tan elevado que te permita ofrecer una imagen totalmente convincente de autenticidad y relajación.
El libro más reciente, The Top 100, contiene consejos de los 100 mejores oradores de todos los tiempos. Nos dice que el arma secreta de Bill Clinton es “inspirar confianza” y el de Gandhi era “evitar el ego”. Puede ser cierto, pero no me sirve de ayuda. Es como ver un video de Rudolf Nureyev como el cisne negro y pretender ser capaz de girar y moverte por el salón de forma similar. Sólo he encontrado dos consejos útiles. El primero es practica, practica y practica. Requiere mucho tiempo, pero no hay otra forma. El segundo es deshacerte de todas las ayudas. PowerPoint es un estorbo. De igual modo, nunca debe leerse un discurso. Escríbelo, apréndetelo y déjalo en casa, usa sólo pequeños apuntes.

Voy a complementar estas dos ideas con dos consejos propios, ninguno de los cuales requiere esfuerzo. El primero es asegurarse de que la persona ante ti se está aburriendo de verdad. El segundo es escoger a la audiencia adecuada. En una ocasión, di un discurso ante directores de recursos humanos del norte de Inglaterra. Ensayé mucho y no pude dormir la noche anterior, y el hecho de que la experiencia fuera un desastre (nadie se rió) hizo que me sintiera mal durante muchas semanas. Pero me he dado cuenta de que la culpa era de la audiencia. No existía forma alguna de que fuera a gustarles que una estirada londinense tuviera más maña en la materia.

Podrían preguntarse cómo nos recuperamos J-Lo y yo de nuestras caídas. Ella se levantó y siguió bailando. A mí me levantaron los organizadores del evento y me devolvieron mi zapato, que había salido despedido. Entonces manifesté que la caída había sido deliberada –no se me ocurría ninguna broma con la que empezar el discurso, así que me decanté por una payasada–. Creo que provoqué alguna risa.
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