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El exceso de Información en la oficina no es bueno

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El método tradicional de gestión está acabado. Internet ha terminado con la autoridad y el control. Ahora que todos pueden analizar y ridiculizar cualquier movimiento de sus jefes antes incluso de que lo hayan realizado, el mandoneo se ha convertido en algo casi imposible.
Éste es el punto de vista que expone Carol Bartz, la nueva directora ejecutiva de Yahoo!, en el especial El mundo en 2010 de The Economist. Parece una opinión plausible, y por un momento me hizo pensar que tal vez la cascada de información haya cambiado realmente la gestión para siempre. Pero entonces miré a mi alrededor y vi a muchas personas en sus mesas haciendo aquello para lo que les pagan: trabajar. La autoridad y el control no se han perdido, y no lo harán nunca. Los jefes siguen siendo jefes. Si el mío me ordena algo, estoy lista para mover el trasero y hacerlo. Si los empleados de Bartz no mueven el trasero cuando les ordena hacerlo, es que hay un problema –y no tiene nada que ver con Internet–.
Parece que la única línea de comunicación que no ha variado es la existente entre el jefe y sus subalternos. Son las demás líneas las que han distorsionado el exceso de información. En las últimas semanas, he conocido dos métodos que las empresas usan para abordar este problema –ambos bastante preocupantes–.
El primero me lo ha contado una amiga que trabaja en el área de comunicación de una gran empresa. Se ha dado cuenta de que sus trabajadores no asimilan ni un ápice del exceso de información que reciben. Me dice que, en su empresa, la palabra escrita ha perdido casi todo su poder. Ya nadie lee los correos electrónicos –con excepción de aquéllos que proceden del jefe–. El resto de mensajes se borran sin ser leídos o se les hecha un vistazo superficial para después ignorarlos. Los mensajes en Twitter parecen tener un impacto ligeramente más alto, pero 140 caracteres resultan excesivos para algunos, y su gran cantidad lleva a ignorar muchos de ellos.
Su respuesta consiste en evitar las palabras escritas y optar en su lugar por mensajes sencillos en fragmentos de vídeo. Al verlos, me entraron ganas de reír. He aquí toda una mujer formada en la Universidad de Cambridge hablando y sonriendo como una loca como si fuera la presentadora de un programa infantil. La cámara la mostraba diciendo un sencillo mensaje optimista antes de pasar a un hombre que escribía esas mismas palabras –”No te compliques”– en una pizarra con un rotulador de punta gruesa. ¿No resulta un tanto condescendiente? Pregunté. Es posible, respondió. Pero como la gente parecía escuchar, no le importaba.
Otras empresas han decidido abordar el exceso de información renunciando a gestionarlo, sobre la base de que hacerlo es demasiado caro. Desde que comenzó la recesión, muchos han cerrado sus bibliotecas y han suprimido las divisiones de gestión de la información, que crearon con tanto orgullo y optimismo hace apenas una década.
Sin lugar a dudas, es un error. Como señala Bartz, necesitamos líderes empresariales que no sólo nos digan lo que tenemos que hacer, sino que nos ayuden a saber cómo debemos pensar. Bartz expone que, para conseguirlo, los líderes tienen que adquirir dos destrezas. Primero, deben escuchar más que antes. No estoy tan segura de ello. El problema de la era de la información es que demasiada gente habla al mismo tiempo. No hay duda de que los líderes tienen que ignorar más y escuchar menos. Más que nunca, un buen líder tiene que aprender a escoger lo que escucha.
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