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¿Tienes Tiempo?

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Si pregunto “¿cuál es el bien más escaso en la empresa, en el trabajo?” supongo –y no soy malpensada– que la respuesta instantánea sería “¡el sueldo!”… Venga, vamos a pensar lo un poco.
La historia es un poco larga, pero espero que entretenida… Porque ni ustedes ni yo estamos para perder el tiempo con peñazos, ¿verdad?
El protagonista principal de mi narración se llamaba Ryszard Kapuscinski; nació en Polonia en 1932 y murió en su propio país en 2007; estudió en la Universidad de Varsovia y le dio por ser periodista; concretamente, corresponsal en el extranjero –en los lugares más peligrosos y recónditos de este mundo– hasta 1981. Confesó que su maestro era Heródoto, el infatigable historiador y viajero de la Antigüedad y, en compensación, no son pocos los que piensan que Kapuscinski fue, a su vez, el maestro y el ideal de buen número de comunicadores; de hecho, algunos lo tienen “por el mejor reportero del siglo XX”. En 2003, este hombre al que nada humano le fue ajeno, reflexivo y vitalista a la vez, de escritura rápida que te penetra hasta los tuétanos, recibió el Premio Príncipe de Asturias de la Comunicación.
Con el tiempo se convirtió, también, en un autor prolífico y de éxito con libros como El Emperador, El Sha, El Imperio, La guerra del fútbol, Los cínicos no sirven para este oficio, Un día más con vida, Viajes con Heródoto y La jungla polaca.
En este momento, Ryszard Kapuscinski es mi escritor de cabecera: estoy sumergida en sus libros, me empapo de su visión penetrante y bien humorada de la existencia… Y aprendo de lo que narra, de lo que intuye, de lo que piensa, de lo que vio y oyó.
Pero me acuso de que, hasta hace más o menos un mes, yo era una completa “analfabeta funcional” en lo que a la obra de este colega ilustre se refiere… ¡Claro que sabía quién era Kapuscinski, el modelo de los modelos de lo que, en un tiempo ya lejano, se dio en bautizar como “nuevo periodismo”! Pero, ¡ay!, ni una página salida de su mano tenía yo en mi haber.
Y he aquí que un feliz día de verano pasé una agradabilísima jornada con un matrimonio –unos de mis mejores y más queridos amigos– que tienen una hija trabajando en Sudáfrica desde hace ya unos cuantos años… Son grandes lectores y, desperdigados por todas las mesas de su acogedora casa, siempre hay volúmenes… Uno de ellos me llamó la atención en la larga sobremesa: se titulaba Ébano y su autor era Ryszard Kapuscinski… Comencé a hojearlo y me preguntaron: “¿No lo has leído?… Entonces no sabes cómo es África, el alma de África, el África verdadera, desnuda de tópicos y clichés”… Me faltó tiempo para correr a la librería más cercana y hacerme con un ejemplar de Ébano y devorarlo.
En ese libro, editado por Anagrama, en su páginas 22 y 23, encontré un texto sobre el “bien más preciado en la empresa, en el trabajo”: el tiempo, por supuesto.
Y, ahora, le cedo la palabra a Kapuscinski, porque cualquier cosa que yo escriba sobre la administración, concepción, distribución del tiempo en la tarea de cada cual sería una tontería: “El europeo y el africano tienen un sentido del tiempo completamente diferente: lo perciben de maneras dispares y sus actitudes también son distintas. Los europeos están convencidos de que el tiempo funciona independientemente del hombre, de que su existencia es objetiva, en cierto modo exterior, que se halla fuera de nosotros y que sus parámetros con mensurables y lineales (…) El europeo se siente como su siervo, depende de él, es su súbdito. Para existir y funcionar, tiene que observar todas sus férreas e inexorables leyes, sus encorsetados principios y reglas.
Tiene que respetar plazos, fechas, días y horas. Se mueve dentro de los engranajes del tiempo; no puede existir fuera de ellos. Y ellos le imponen su rigor, sus normas y exigencias. Entre el hombre y el tiempo se produce un conflicto insalvable, conflicto que siempre acaba con la derrota del hombre: el tiempo lo aniquila. Los africanos perciben el tiempo de manera bien diferente.
Para ellos, el tiempo es una categoría mucho más holgada, abierta, elástica y subjetiva. Es el hombre el que influye sobre la horma del tiempo, sobre su ritmo y su transcurso (…) El tiempo es, incluso, algo que el hombre puede crear, pues, por ejemplo, la existencia del tiempo se manifiesta a través de los acontecimientos; y el hecho de que un acontecimiento se produzca o no, no depende sino del hombre (…) El tiempo aparece como consecuencia de nuestros actos y desaparece si lo ignoramos o dejamos de importunarlo (…) El tiempo es una realidad pasiva y, sobre todo, dependiente del hombre (…) Traducido a la práctica, eso significa que si vamos a una aldea donde debía celebrarse una reunión por la tarde y allí no hay nadie, no tiene sentido la pregunta ‘¿Cuándo se celebrará la reunión?’. La repuesta se conoce de antemano: cuando acuda la gente”.
Si disponen de tiempo, que aproveche la reflexión…
(Pilar Cambra, 2009)
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